San Carlos Houben

(1821 - 1893)

Es conocido por Carlos de Mount Argus, por ser la zona de la ciudad de Dublín (Irlanda) donde  pasó la mayor parte de su vida en el trabajo sencillo humilde de evangelización. Se identificó plenamente con el pueblo  Irlandés, sin ser natural de allí, si no de Holanda. Su vida entregada, ejemplar, llena de Dios  es un ejemplo para  todos.
Fue beatificado  el 16 de octubre de 1988 junto con otro pasionista Bernardo María Silvestrelli, por el papa Juan Pablo II. Y el 03 de junio del 2007 será canonizado por el papa Benedicto XVI en Roma-Italia.

Vamos a entrevistarlo, acompáñennos:

P. Carlos, se nos ha hecho difícil convencer a San Pedro para lograr conversar contigo. Sentía cierta desconfianza. Le contamos que somos tus hermanos de Congregación. Al fin, después de hablar bastante tiempo y de consultar con San Pablo de la Cruz, si era verdad que éramos sus hijos, nos  dejó pasar. Pero no nos dijo dónde podíamos encontrarte. Así que como habíamos leído algo sobre ti. Pensamos encontrarte con Jesús. Y así fue. Y gracias a la amabilidad del Buen Jesús a quien amamos como tú y con su permiso, podemos tener una conversación contigo. Y lo haremos en dos partes. La primera acerca de tu vida antes de entrar en los pasionistas y la segunda cuando viviste en ella.
Muy bien hermanos, si más comenzamos:

1. SU VIDA  ANTES DE ENTRAR EN LOS PASIONISTAS

¿Carlos, cuéntanos un poco acerca de tu familia?
Está bien. Saben,  no merecí ser santo. Pero fíjense, me dejé atrapar por Dios y no tuve la oportunidad de escaparme de su lado. Es maravilloso estar con él. Bueno, sin rodeos voy a contestar su pregunta.  Después de estar nueve meses bien abrigadito en  el vientre de mi madre, que más adelante  les diré su nombre, vi la luz del mundo un 11 de diciembre  de 1821. Fue una alegría inmensa para mis padres Juan Andrés Houben y Juana Isabel Luyten  naturales de Munstergeleen (Holanda) que significa monasterio  junto al río Geleen. Ese mismo día me bautizaron, con el nombre de Carlos Houben- Luyten, aunque no entendí nada  en ese momento, me sentí  muy contento. Más adelante comprendería  lo importante que era en mi vida como cristiano. Fui el cuarto hijo de diez hermanos. Muchos para hoy en día. Pero para el tiempo en que nací era  normal y hasta una bendición de Dios.  Mis padres eras muy cristianos, eran un matrimonio ejemplar  y cumplidores de los deberes cívico-religiosos.
En la economía, ni para quejarse, teníamos lo suficiente para poder vivir. Mis padres eran propietarios de un molino, de una granja y de unos campos muy  lindos.

Hemos oído de ti, que  cuando no llegabas a casa te mandaban a  buscar en la iglesia. ¿Es verdad?
No lo niego, es verdad. Desde muy  pequeño aprendí de mis  papás, por el ejemplo de piedad y amor a Dios que me daban. Era un chico  introspectivo, me gustaba  la reflexión. Pero eso no me hacía menos jovial y abierto. Recuerdo, que muchas veces, en que tardaba llegar a casa, mi madre mandaba buscarme en la Iglesia. Yo, absorto, mudo y silencioso, estaba haciendo compañía  a Jesús en el sagrario. Me sentía  bien. Sí era fabuloso. Cuando regresaba de la escuela, me daba  una escapadita para visitarlo porque él era y es mi granamigo.

No te molestaría en que de este  momento  te  llamemos Charles. No para nada.  Me gusta.  Me siento más cercano a ustedes. Continuamos. Adelante. Tengo todo el tiempo para ustedes.

¿Cuándo recibiste la  Primera Comunión y la Confirmación?
Fácil de contestar.  Recibí a Jesús  el segundo domingo de Pascua, que era  el 26 de abril de 1835. Me sentí muy feliz. Creo que fue el día más feliz de mi vida.   Y en ese mismo año fui confirmado. A que no saben por quien. No,  dinos. Por  el Obispo Ricardo van Bommel. Fue otro momento especial en mi vida. Tenía 14 años en ese entonces.

¿Verdad, que  tenías un poco la cabeza dura para el estudio?
No tan dura que digamos, pero si me costaba un poco. Esto hacía que me  detuviera en mis intenciones de ser sacerdote.  Quería serlo como el P. Delahaye que era sacerdote de la parroquia, para vivir siempre inmerso en la atmósfera de Dios y ayudar a todos a que se salven. Por ese entonces, escuché hablar del Cura de Ars, que  digamos  no era tan bueno en los estudios. Supe que le costaba el latín, pero que su empeño y su constancia le llevaron  a ser  sacerdote y que ahora es un  gran santo. Fue motivador para mí y mi deseo interior fue creciendo cada día.
En la escuela de Sittard, aunque curso tras curso, mis resultados no eran tan brillantez como  hubiera deseado, nunca me dejé dar por vencido.

Charles, nos hemos enterado, pero queremos saberlo por ti, que por decisión, del párroco continuaste  tus estudios. ¿Es cierto?
Sí. Aunque  mi madre le preocupaba el poco éxito que tenía y que no  pueda lograr lo que buscaba. Fue una alegría para ella y para mí, al saber el veredicto  del P.  Delahaye que prosiguiera mis estudios porque veía en mí, sinceridad y buenos deseos de ser sacerdote.
Es así que  me dediqué a tiempo completo a los estudios, una y otra vez, y un a y otra vez estudiaba hasta que lograban entrar el contenido de los libros en mi cabeza.
Mi casa no era favorable para los estudios. Había mucho ruido  a causa del molino.  Pero gracias a mi tío, Pedro Luyten, hermano de mi madre, que era alcalde del pueblo, me  invitó a ir, junto con mi hermana Sibila,  a vivir a su casa que era amplia y cómoda. Lo pasábamos de maravilla. Fue favorecedor  para mis estudios. Les quiero decir además, que por ese entonces  llegó un nuevo párroco, el P. Enrique Gölbbels, era muy joven tenía 24 años, en reemplazo del P. Delahaye. La Partida del P. Delahaye me causó tristeza. Pero esa era la realidad. El nuevo párroco  se hospedó en la casa de mi tío. Tuve una gran amistad con él y  me ayudó a reafirmar mis deseos  de ser como él.

Revisando tu historia  nos dimos con la sorpresa de que serviste a tu patria por tres meses. ¿Cómo te fue durante este periodo?
Como cualquier joven holandés, llegado a cierta edad, tenía que brindar servicio a su nación. Sucedió también conmigo. Tenía 19 años. Sin exagerar era alto y musculoso, simpático y de buena presencia. Un día me llegó la orden de servir a mi patria. Recuerdo aquel día, era el 2 de marzo de 1840. Al año entrante, el nueve de julio 1841, después de hacer confesión, vestí  el uniforme de soldado de infantería de Bergen-op-Zoom. Fue una experiencia nueva; pero seguí siendo el mismo: iba a la iglesia, meditaba, leía y cumplía mis obligaciones.
Sin embargo, solo presté servició por tres meses. Mis papás habían buscado a otro joven a que me reemplazara. Y así lo hicieron.

¿Es cierto que en el cuartel conociste a  los Pasionistas?
Allí no llegué a conocer propiamente a los Pasionistas, sino que escuché sobre ellos a través de una conversación que tuve con un compañero de infantería. Su nombre era  Raaymakers. Este  tenía un hermano que se disponía a ingresar en los pasionistas, concretamente en Ere, lugar que quedaba en Bélgica. Fue así, en medio del bullicio del cuartel y no en la paz de mi casa, ni entre mis libros, que me nacieron unas gansa locas de ingresar en la Congregación de los pasionistas. Y no paré hasta poder ingresar en ella.

Charles, no quisiera, hacerte recordar un acontecimiento, pero lo voy hacer. Después de regresar del ejército a casa, al poco tiempo, viviste una experiencia de tristeza. ¿Qué pasó?
Me encontraba muy contento, feliz. Pero el acontecimiento  del 19 de  enero de 1844 me sumió en una gran  tristeza. Mi madre falleció. Tan solo tenía 55 años. Ella fue para mí y para mis hermanos, la primera educadora en la que sembró en mí el amor a Dios y al prójimo sobre todas las cosas. Son las cosas de Dios. Sin embargo, él se valió de esto para afianzarme en mi propósito.

Háblanos acerca del profesor  Schrijen.
Él compartió su pena por la perdida de mi madre y me ayudó a  tomar la decisión de mi vida. Schrijen conocía a los pasionistas y tenía, muchas referencias de ellos. Me sentí motivado por lo que me contó acerca de la vida de los pasionistas fundados por San Pablo de la Cruz en Italia. Quienes fundaban su vida personal y comunitaria como misioneros en la oración, la penitencia y la soledad haciendo memoria de la pasión de Cristo.

2. SU VIDA EN LOS PASIONISTAS

Hemos terminado la primera parte del libro de tu vida. Nos damos un descanso o seguimos para delante. Pienso que seguimos para adelante. Muy bien Charles. Entonces continuamos.

¿Cuándo  ingresaste a los pasionistas?
Muy cerrada la pregunta. Pero voy a explayarme. No te preocupes. Cuéntanos todo sobre este acontecimiento.
Gracias a la motivación del profesor pude lograr contacto con el superior de los pasionistas en Bélgica, el Padre Domingo Barberi, que ahora es Beato y considerado apóstol de Inglaterra.
Al grano como dicen por aquí. Me despedía de mi familia y de mi tierra sabiendo que no iba a volver a verlos otra vez. Sin dudar, después de visitar la tumba de mi madre y de dejarle un ramo de flores, acompañado de mi tío Pedro Luyten marché rumbo  a Ere, que era  la primera casa fundada en Bélgica por los Pasionistas. Al atardecer del 5 de  noviembre de 1845 del mismo día, que salí de casa, llegué al noviciado de Ere. Amablemente fui recibido por los religiosos pasionistas que vivían allí. Había encontrado, al fin, lo que tanto deseaba: soledad, silencio, penitencia y oración.

 P. Charles, háblenos de algunos acontecimientos en la comunidad.
Hay muchísimos, pero voy a escoger uno cuantos. Quisiera contarles que el P. Valentín Guerrini, fue mi maestro. Era  un hombre austero y de gran vida interior. Fue quien me introdujo a vivir con amor las reglas y el carisma de la Congregación. A  los 27 días de haber llegado, es decir  el 2 de diciembre, fui solemnemente impuesto el santo hábito negro pasionista. Y además, como era costumbre en esa época, me  dieron otro nombre. En adelante me llamaría Carlos de San Andrés.
En la comunidad mi vida ejemplar, mi fe y piedad; mi sencillez y amabilidad natural, me hice estimar y querer por todos.
Terminando el año de prueba, es decir de noviciado, con gozo sin igual, el 10 de diciembre de 1846 emití los tres votos de pobreza, castidad y obediencia más el que nos caracteriza a los pasionistas y que consiste en vivir en sí mismos y  anunciar a los demás el misterio de la Pasión de Jesús.
Así fue como terminé mi experiencia de mi noviciado.  E inicié otra gran aventura en el camino del seguimiento del Señor.

¿En la comunidad de Ere lograste alcanzar tus sueños de ser sacerdote?
Sí. No tuve que trasladarme a otra casa para los estudios de filosofía y de teología. Tampoco tuve que salir de casa a una universidad. En casa todo estaba incluido, hasta los profesores. No gastaba en taxi ni me distraía en otros asuntos.
Tuve que estudiar cuatro años intensos, con esfuerzo y perseverancia. Como ya saben no era bueno para los estudios.  Faltando un año para concluir junto con mis compañeros los estudios, tuvimos la visita de Inglaterra del ahora Beato P. Domingo Barberi. Habló con todos nosotros. Fue una conversación agradable. Al siguiente año, el 25 de mayo de 1850 fui ordenado diácono y el 21 de diciembre sacerdote por el obispo de Tournay Mons. Labbis.  Fue el término y el inicio de mi vida. No quiero ocultarlo pero quiero compartirlo con ustedes. Me sentí un poco triste porque no estuvieron en la ceremonia mis familiares. Ninguno. Y además, mi padre había fallecido cuatro meses antes. Por su parte hermano Pedro José, que había ingresado al seminario, no pudo visitarme. El hombre propone y Dios dispone. Son sus caminos.

Cuéntanos acerca de tu  nuevo destino. ¿Cómo lo acogiste?
Las cosas llegan sin que no lo piense. Así de pronto.  Al poco tiempo de haberme ordenado sacerdote, después de dos años, por voluntad de los superiores, fui destinado a Inglaterra. Llegué  el 17 de  febrero de 1852. Nuestra presencia pasionista era ya muy conocida. Había varias casas y los misioneros gozaban  la fama de ser santos.
La  nueva comunidad a la que me habían enviado fue el convento de San Wilfredo en Cotton Hall. Allí me ejercité en el inglés. Aunque durante  mi vida no lo logré dominar por completo. Cuando hablaba me salía  mi dejo de mi tierra natal. Antes que se me olvide. Tuve la dicha  de conocer al P. Ignacio Spencer, primer pasionista inglés,  muy famoso, quien se había convertido del anglicanismo al catolicismo, por Domingo Barberi.

Y, ¿Cuál era tu labor apostólica en Inglaterra?
Mi apostolado era mi  estilo de vida como el de Jesús. Creo que las palabras sobran cuando hay ejemplo. Eso es verdad. Las palabras pueden convencer; sin embargo, el ejemplo arrasta. Tienes toda la razón  Charles. No lo dudo. No era predicador de grandes misiones, de extensas masas. No. Mi apostolado era de perfil bajo. Desde el silencio y la sencillez.
Al año de estar en esta comunidad, me trasladaron, el 5 de febrero de 1853 a Aston Hall. Allí había una parroquia preferentemente industrial, de mineros. Había bastantes emigrantes irlandeses por razones de trabajo. Aquí entablé una cercanía especial con la gente y me sentí identificado con ellos, con su trabajo, con sus sueños  y anhelos. Solo por dos años estuve con ellos. Me llegó la noticia  de regresar al noviciado de San Wilfredo, como asistente del Maestro de novicios, el P. Salvino Nardocci.  Caballero no más, tuve que hacer maletas, y arrumbar al noviciado. Era  el mes de octubre del año de 1854. Aquí me dediqué de lleno al trabajo que me habían asignado. Me sentía  muy contento con  los novicios. Pero sucedió otro hecho inesperado.  Los superiores cambiaron el noviciado hacia el convento de Broandway, porque la casa de San Wilfredo no tenía las condiciones de acoger una numerosa comunidad.  Es así que también a mí me  exoneraron del oficio de vicemaestro.

¿Verdad que hiciste de párroco?
No lo puedo negar.  Pero por muy poco tiempo. Como notarán. En poco tiempo he tenido muchas experiencias. Y muy buenas.  Al cerrar la casa de San Wilfredo, tuve  que quedarme allí con otro hermano hasta que el obispo enviara  un sacerdote para que asumiera la parroquia.  Me dediqué a tiempo completo a favor de los católicos y no católicos. Al llegar el nuevo párroco, yo no pintaba  nada en ese lugar y emprendí el  viaje  a Santa Ana de Sutton, lugar donde había sido destinado. Tampoco duré bastante tiempo.

P. Charles, háblanos de tu llegada a Irlanda
Después de haber estado en Inglaterra por  unos años fui enviado a Dublín, capital de Irlanda. Llegué  el 9 de julio de 1857. Por esa  época tenía 35 años.  Los pasionistas  ocupaban ya desde el 15  de agosto del 1856 la casa de Mount Argus. Aquí pasaré la mayor parte de mi vida. Aquí entregaré mi vida a Dios.

La labor  que realizaste en  Mount de Argus en qué consistía.
Había mucho que hacer. De personal no éramos muchos. Vivíamos  10 religiosos. Cinco clérigos y cinco hermanos coadjutores.  El trabajo era abundante y poníamos  bastante entusiasmo en él. Consistía, por lo general, confesar de la mañana a la noche, celebrar y presidir los actos de culto, anunciar como misionero el Evangelio de la Pasión, bendecir sin cesar y hacer el bien. Me sentía a gusto con el trabajo que  realizaba.
A veces, no tenía tiempo para estar con Dios. Buscaba la soledad, pero era interrumpido por numerosas visitas de personas, que continuamente, venían a  buscarme para bendecirlas. Era  casi siempre lo mismo. Lo asumía con gozo, viendo en todos el rostro de Cristo sufriente, que me buscaba para brindarle mi ayuda. Mi entrega fue de total desprendimiento. No me di cuenta que había  descuidado mi salud. El mucho trabajo me llevó a enflaquecer y a debilitarme rápidamente.

¿Por razones de salud regresaste a Inglaterra?
Tuve que hacerlo. Estuve cerca de año y medio en el convento de Broadway. Me entregué, junto con los novicios  a la vida interior y a la oración. Fue muy reconfortante. Mejorado de mi salud y con las baterías cargadas, el 27 de noviembre de 1867,  me dirigí  al retiro de Santa  Ana de Sutton, donde hace dos años atrás, estuve por espacio de  unos meses. No pensé en quedarme durante mucho tiempo.  Pero,  me lo pueden creer, estuve  8 años en Inglaterra, de los cuales 5 los pasé en la casa de Santa Ana. Más que un período de descanso, pienso yo, que fue un tiempo de mucho apostolado, de mucha entrega al servicio de Dios…

¿Después de 8 largos años en Inglaterra regresaste para quedarte definitivamente en Irlanda, concretamente en Mount  Argus?
La experiencia de los 8 años fue  excelente. Una bendición de Dios. Fue un  10 de enero del año de 1874, era sábado. Hacía una mañana extraordinaria cuando fui recibido en la comunidad de Dublín. Mi estancia allí fue ya definitiva. Desde ese momento me dediqué con esfuerzo, cariño y entrega al trabajo. Muchas veces me sentía absorbido por él; sin embargo no perdía la calma. Dios y trabajo; trabajo y Dios. Sin  la oración, la cual me fortalecía, nada  hubiera podido hacer. Allí encontraba a Dios y  a través de él amaba profundamente a los hombres y mujeres, en particular a los que sufren por distintas circunstancias, en particular por los enfermos. Cuando  les visitaba no importaba el tiempo. Lo que me importaba era verlos felices cuando les bendecía con  agua bendita y con la reliquia de San Pablo de la Cruz.

Nos ha llegado por allí, a boca de urna, que siempre estuviste preparado para el encuentro con Dios. Cuéntanos un poco sobre esto.
Los años se le vienen a uno como aire de norte a sur. Es verdad. Sin embargo, hay que vivir llenos de Dios constantemente. Uno no es eterno, el tiempo se encarga de ponerte el pelo blanco, la piel arrugada y las defensas del cuerpo se van deteriorando. Después, de muchos años, de trabajo apostólico entregado, y ya con los años encima, viejo y achacoso, me dedicaba a preparar mi vida para el encuentro maravilloso con el Señor. No quiero decir que había dejado  mi entrega en el apostolado; al contrario, me sentía con mayores motivos para continuar haciéndolo. Ah, se me viene a la mente cuando escribía a mi tío sacerdote  en 1876 y en  1882 a mi hermano  sacerdote las palabras que les decía: le ruego pida para mí al Señor una santa muerte…hazme la cariad de rezar unas cuantas misas pidiendo para ti, para mi una buena y santa muerte.

¿P. Charles, dinos cuáles eran los cimientos de tu vida cristiana y religiosa?
De cajón, Cristo era el centro de mi vida y de toda mi actividad misionera. Era el motor de todo. Sin embargo, voy a compartirles los pilares que  fueron en mi vida sin perder el horizonte de Cristo como centro de mi vida.
Mi amor por la Virgen María:
No niego, pero sentía un amor profundo y especial por María. Ella, me brindó fortaleza y dulzura en las dificultades. La amaba y la sigo amando. En ella me refugiaba y encontraba consuelo. En las muchas misivas que enviaba exhortaba a que la amasen y pusieran  su confianza en ella. Me gustaba rezar el rosario y componer oraciones para ella.
La pasión de Cristo:
Como pasionista la Pasión de Cristo  era esencial en mi vida, a través de la  cual descubría el amor infinito de Dios para todos sus hijos. Amar a Cristo crucificado fue la intención más clara de mi vida interior y de mi intenso espíritu de oración. Era el centro de mi espiritualidad. En ella aprendí a vivir en continua  entrega de amor de Dios  y al servicio de los hermanos.
La Eucaristía:
Cuando celebraba me conmovía hasta el punto que no podía contener mis lágrimas. Estar frente al misterio tan real, tan cerca. Estar con Jesús frente a frente llenaba mi corazón  hasta hacerlo rebozar de gozo espiritual. El amor a Cristo eucaristía lo tenía desde muy pequeño. Era por él por quien me quedaba en la iglesia para contemplarlo y dejarme amar.
Y mi vida de oración:
Sin oración hubiera sido como una rama fuera de su tronco, es decir sin vida.  Siguiendo las enseñanzas de mi fundador, cuando decía: el buen pasionista debe aspirar a ser místico y apóstol a la vez, el cual no se consigue sin un gran espíritu de oración y práctica constante de la misma en  continua relación con Dios.  Sí, la oración era esencial en mi vida. Amaba la oración, por lo que me llevaba a inculcar a otros a que oraran con espíritu generoso. A algunos les decía: reza en todo momento y pide que la voluntad de Dios se cumpla enteramente en ti. En fin, fue en la oración en donde encontré la fortaleza necesaria para mantenerme fiel a mis deberes, para no desfallecer en mi servicio a los enfermos, a los pobres  y a los pecadores y también para no perder la paciencia.

Háblanos de otros hechos antes de que  pasemos al descenlace de tu vida.
Les voy a contar unos, porque si les contara todos ya no voy  a tener que contarles para otra entrevista. Haciendo memoria,  recuerdo que doce años antes de mi muerte, el 12 de abril de 1881 sufrí un accidente al  colisionar con otro carro en el carro que viajaba. Consecuencia de esto me fracturé el pie derecho y la cadera. Jamás llegué a recuperarme por completo. Con el pasar de los años mi salud iba mermando poco a poco.  Recuerdo además que me enviaron al convento de Belfast con la finalidad que descansara. Pero seguí allí, a tiempo completo, con la tarea apostólica de servir a los pobres y afligidos del corazón. Bendecía, sanaba y perdonaba, pienso que estos tres verbos me caracterizan.
Tenía ya  70 años. Y mi última celebración eucarística  lo realicé el 8 de diciembre de 1892, era fiesta de la inmaculada.
El médico me había declarado una  gangrena fulminante en la pierna izquierda. La noticia la tomé con calma y fe. Esa misma tarde el superior, junto con la comunidad reunida, me administró el viático. Era un día especial, pues recordaba mi primera profesión religiosa en Ere el 10 de diciembre de 1846.

La semilla que muere da buenos frutos. Y tú fuiste una de esas semillas.
A todos nos toca la experiencia de la muerte. Ya había cumplido mi misión en este mundo y ahora me tocaba partir al encuentro con Dios. Para esto Jesús nos invita a estar preparados como las vírgenes prudentes. La navidad la recibí con inmensa alegría con la eucaristía que por especial concesión se celebró en mi habitación. Para mí fue le mejor regalo de navidad.
El  5 de enero de 1893, vigilia de la Epifania, cerca de las 6:30 de la tarde, recibí la visita de Jesús. Le ofrecí mi vida como un buen administrador de ella y como  un regalo, al igual que los reyes magos.  Es así que dejé la vida terrena para acoger la vida en Dios.
P. Charles, gracias por darnos tu tiempo y por compartir la aventura de tu vida con nosotros. Para mí ha sido un placer el compartirles mi vida. Simplemente, antes de despedirnos quisiera que vivan enamorados de Dios, de la Virgen, de la pasión de Cristo, de la Eucaristía, de hermano y se dejen seducir, conquistar por Cristo porque es  así que uno se hace santo.

Gracias por todo. Será hasta otra oportunidad si Dios lo quiere y tú nos lo permites.

 

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