Ven. Galileo Nicolini

Un chico de carácter

Este chico es GALILEO y su apellido es NICOLINI. Nació el 17 de junio de 1882 en una risueña ciudad italiana de la región del lacio, llamada Capránica, y murió  el 13 de mayo de 1897. Como lees, murió en el mes de mayo, el mes de las flores.
Al terminar su carrera en este mundo tenía tan sólo 15 años. Empezaba la  primavera de su vida.

¿Qué significa el título de VENERABLE?
Cuando llamamos a uno venerable creemos que se trata de algún viejo encanecido por los años y cansado ya de luchar en la vida. Pero si se trata de los santos, VENERABLE quiere decir que uno ha manifestado ser heroico constantemente en la práctica de las virtudes cristianas. Si la Iglesia aprueba oficialmente que uno es VENERABLE significa que vivió y murió en el verdadero camino de la santidad.
Al declarar el Papa VENERABLE a este chico es como si asegurara que uno cualquiera de ustedes puede ser santo de cuerpo entero, como este adolescente de 15 años, Galileo Nicolini.

Querían que fuera ingeniero
Su familia, considerada como rica, tenía un negocio floreciente que le daba un buen vivir. El padre de Galileo era constructor de carreteras y caminos, a diferencia de la mayor parte de los habitantes de Capránica que entonces eran agricultores. Como Galileo era tan inteligente y en la escuela se llevaba las mejores calificaciones y ocupaba los primeros puestos, en su casa estaban empeñados en que estudiara la carrera de ingeniero. Bajo su dirección -así soñaba su padre- ¡quién sabe a qué alturas hubiera llegado el negocio familiar!...

Era un chico valiente
Empezó desde pequeño a manifestarse como un chico de carácter. No tenía complejos. Era sí humilde y sencillo, pero valiente y de firme voluntad. Por aquellos años el ambiente religioso y político se empezaba a revolver. Algunos se apartaban de las prácticas religiosas. Pero Galileo no tenía miedo para cumplir con la religión y observar fielmente los preceptos de la Iglesia. Sabía que estaba en el buen camino y no le importaba lo que hicieran o dejaran de hacer los demás. Se le veía el primero en la Iglesia, rezaba con fervor, ayudaba la santa misa, visitaba a Jesús Sacramentado, era encantadoramente devoto de la Virgen y solía ponerle flores en una hornacina de la calle.

Defendía la verdad como un león
Un día, la familia Nicolini tenía invitados en casa, en una finca de campo. Uno de los invitados se permitió bromas de mal gusto y afirmaciones extrañas en contra de la religión. Galileo no pudo más y paró los pies al forastero con admiración de todos. Cuando, por la noche, refirió el episodio a su mamá resumiendo las impresiones de la jornada, le dijo: “Si vieras, mamá, me sentía como un león y estaba dispuesto a lanzarme sobre él”... ¿Saben, amigos, cuántos años tenía entonces Galileo? ¡No más de once años! De estos episodios se cuentan varios, muy bonitos, en su biografía grande.

Cómo le nació la vocación
Aunque en su familia querían que fuera ingeniero, Dios tenía otros planes sobre él. Galileo aspiraba a cosas grandes, pero todavía no sabía cuál sería el camino de su vida. Cuando le hablaban de ser ingeniero se limitaba a sonreír y seguía estudiando. A los doce años hizo la primera comunión según la costumbre de entonces y él mismo contaba cómo Jesús le había hablado al corazón y le había dicho: ¡Te quiero misionero, te quiero pasionista!... A partir de aquel día
Galileo sólo pensó en la manera de realizar este pensamiento con aquel tesón, con aquella fortaleza de carácter que le distinguía.

Obstáculo familiar
El papá de Galileo era muy bueno, pero... ¿cómo iba a dejar que su hijo se hiciera religioso teniendo él todo planeado para que estudiara la carrera de ingeniero? ¡No, no lo permitiría! ¡Aquello era una solemne chiquillada!... Pero el Sr. Nicolini no había pensado en que su hijo era UN CHICO DE CARACTER y que se crecía ante la dificultad. Galileo se mantuvo en sus trece: “¡Sería Pasionista o no sería nada!”... Y lo que sucedió, al cabo de muchos forcejeos por ambas partes, fue que el Sr. Nicolini tuvo que dar el brazo a torcer, permitiendo que Galileo siguiera el camino de su vocación.

En el seminario menor
¡Qué feliz se sentía Galileo en el seminario. El primero en el estudio, el primero en el trabajo, el primero también en la oración y en la vida de piedad.
¡Era como un ángel!... y, efectivamente, así le llamaban todos: “¡Un ángel de bondad!” Pero un ángel que además sabía jugar a las bochas como pocos. Era alegre y deportivo, si bien nadie recuerda haberle visto pelearse en el juego.
Sabía ganar y perder. Tenía la difícil virtud de la deportividad.

Su ideal, ser misionero
Un señor de Capránica que tenía su propio hijo en el seminario pidió verle también a él y, bromeando, le dijo que traía de su padre el encargo de llevarle a su casa. ¿A casa? ¡Eso nunca!” -dice Galileo-: “Soy feliz aquí y vivo o muerto aquí me tengo que quedar!” A sus compañeros les decía que “hay que estudiar mucho y prepararse bien para ser misioneros: - Oremos mucho -decía- y estudiemos, porque los enemigos de la Iglesia estudian mucho para combatirla y destruirla”.

Precoz en todo
Galileo era un chico que llamaba la atención por lo muy precoz que era: despierto de inteligencia, fuerte de voluntad, generosamente dispuesto para el trabajo. Fue también muy precoz en cuanto a su crecimiento físico: a los trece años, a los catorce años, creció tan rápidamente que ello quizá fue el motivo principal de la enfermedad de que murió, también precoz o prematuramente. Cuando los médicos se dieron cuenta de ello era demasiado tarde: entonces no había tantas medicinas como ahora para cortar el proceso fatal de la tuberculosis.

Vamos a la escuela
¿Saben lo que decían los religiosos del convento -jóvenes y viejos-, cuando
Galileo, ya enfermo en el noviciado, no podía salir de la habitación? “Vamos a la escuela!”... ¿Y saben por qué lo decían? Porque Galileo les enseñaba muchas cosas como un buen maestro: siempre alegre, les enseñaba la alegría en la enfermedad; siempre sereno, les enseñaba la tranquilidad; siempre devoto, les enseñaba a hacer oración.- A Galileo le gustaba mucho hablar de las misiones y de Jesús y María. Todos tenían algo que aprender de él. ¡Aquel chico era un fenómeno! Hasta los viejos del convento querían ser sus discípulos.

Su mayor amor
Fue sin duda el de la Virgen su mayor amor. ¡Cómo le quería! No había mañana ni noche que al levantarse o acostarse no se consagrara a ella. Por amor a la
Virgen conservó limpia la pureza de su alma y de su cuerpo sin mancharla jamás.
Por amor a la Virgen quería ser misionero y santo. ¡Qué no haría él por amor a la Virgen! Un día, ya enfermo, le escribió a la Virgen una carta a su santuario de Pompeya: ‘Mamá mía: Estoy enfermo y nadie me puede curar sino tú. Cúrame, pues, si ello es para mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Tu queridísimo hijo, Galileo”.

Al Monte Argentaro
El Monte Argentaro es una península que se interna en el mar Tirreno desde la ciudad de Orbetello. Precioso lugar. En la falda del monte construyó el Fundador de los Pasionistas, San Pablo de la Cruz, el primer convento de su Congregación. Aquí le trajeron a Galileo para que, cambiando de aires, pudiera recuperar la salud. Se hizo por él cuanto se pudo. Pero Dios y la Virgen le querían junto a ellos en el cielo. Ningún remedio humano pudo detener el curso de la enfermedad.

¡Adiós, mamá!
Antes de su muerte fue a visitarle su madre, Loreta. ¡Pobre mujer! Lloraba como la Virgen cuando vio a Jesús en la calle de la amargura.
¡Qué consumido estaba su Galileo del alma! ¡Sí, muy consumido el pobrecito, pero muy feliz! En vez de ser consolado fue él quien consoló a su mamá: ¡Mamá, estoy muy contento y no tengo miedo a la muerte! ¡No lloréis por mi, consolaos todos, porque voy a ver a mi madre del cielo y desde allí rezaré por vosotros!” El recuerdo que Galileo dejó a su madre y le encargó insistentemente para todos los de casa fue “la paz y la religión”.., es decir, que vivieran siempre unidos y no se olvidaran de ser y vivir como buenos cristianos...

Su gran fiesta
Cuando recibió a Jesús en el Viático y le dieron el sacramento de la unción de los enfermos, Galileo dijo que aquella era “su fiesta”. Estaba ya preparado para el gran viaje y tuvo un detalle muy bonito: mandó que le encendieran dos velas a la Virgen de su habitación, porque quería luz, mucha luz “en su fiesta”. Era la media noche del 13 de mayo de 1897: mirando Galileo la imagen iluminada de la Virgen con ojos llenos de fuego y cara sonriente, como si viera a Nuestra Señora en persona, entregó su alma en manos de Dios. Cuentan que la habitación se llenó de un delicioso aroma.
 
El sepulcro empezó a florecer
Apenas murió Galileo empezó a suceder algo inesperado. En los pueblos de los alrededores del Monte Argentaro era totalmente desconocido. Hacía pocos días que había venido para morir. Sin embargo, sin haber anticipado la menor propaganda, a sus funerales y enterramiento acudió una multitud de pueblo. Cubrieron de flores el cadáver y todos le besaban y le tocaban con objetos piadosos que conservaban luego como reliquias: “¡Es un santo, un gran santo!”, decían, y le invocaban fervorosamente solicitando su intercesión ante Dios. Pronto se empezó a hablar de gracias concedidas y hasta de milagros: ¡verdaderamente el sepulcro de Galileo floreció como una gran rosa blanca cuyos pétalos -las gracias atribuidas a este chico singular- llenaron y llenan de buen aroma el mundo entero!

Amigos míos, adiós
Sí, adiós, pero dejándoles con el feliz recuerdo de este formidable chico de carácter que se llamó Galileo Nicolini. Creo que deberíais leer ahora su biografía grande. Les gustaría, y aprenderán muchas cosas buenas. ¿Quién sabe si alguno de ustedes no se animará a seguir sus huellas?
Fue declarado VENERABLE por el difunto papa Juan Pablo II y esperamos verle pronto declarado BEATO y SANTO... recogiendo su mensaje de limpia adolescencia les digo a todos: “¿Quieren ser como él? ¡Imítenle! Y si Dios les llama a ser sacerdotes, religiosos o misioneros, no dejen de hacer lo que hizo Galileo: ¡también ustedes pueden  ser CHICOS DE CARACTER... y santos! ¡Un paso adelante, y a caminar con ilusión hacia el ideal, llevados, como Galileo, de la mano de María, nuestra Madre del cielo!...Me despido como amigo suyo que soy.

Atrás   Principal